Relatos

De espuma de mar y oro

Un relato taurino de José María Alarcón

“Maestro, la hora”

Desde los 14 años enfundándose el vestido de torear, cerca de diez de alternativa y aquellas horas se le seguían haciendo eternas, tras de una comida frugal y después de escuchar la conocida retahíla de Pepe Marchena, su peón de confianza, al volver del apartado. “Nos ha tocao el mejor lote, el quinto es una lámina y es hijo de Secretario, el que indultó El Malagueño en El Puerto. Un lío gordo le vamos a formar”.

Y después la soledad y el silencio perezoso de una tarde de verano, hasta que llegara el momento de vestirse. Antes pasaría al menos un par de veces por el baño, las meaditas del miedo, que les dicen algunos. Sí, aquella era la hora en la que, según Chaves Nogales, Belmonte hablaba con el miedo y le prometía que era la última, que después de esa tarde no iba a torear más.

Se dio la vuelta en la cama y entonces le vio, negro bragado y listón, sobre los 550 kilos, bien armado y enseñando unas astifinas puntas. Estaba allí mirándole fijamente, como nunca le había mirado ningún toro.

― ¿Y tú qué haces aquí? Se supone que deberías estar en el chiquero

―  Sí, en el número 5, pero me he escapado, no me preguntes cómo, porque quería hablar contigo.

― ¿Hablar, de qué?

― Quiero advertirte de que esta tarde te voy a matar.

Juan Infante, uno de los nombres punteros del escalafón en las últimas temporadas, para muchos aficionados el mejor torero del momento, no contestó, sólo tragó saliva.

―  Vaya, se te ha quedado la cara más blanca que un papel. Los toreros sois muy valientes pero también muy supersticiosos y si os mentan a la muerte y más a estas horas…

― Soy torero y que me puede matar un toro lo tengo asumido desde el primer día que me vestí de luces.

― Sí, pero no quieres pensar en eso, porque si lo hicieras igual después no ibas a la plaza.  En cambio yo mira que tranquilo estoy. Me han escogido para morir en el ruedo y si no me matas tú, lo hará otro, o sea que…Solo deseo que sea rápido, rodao y sin puntilla si es posible. Claro que no tiene por qué ser forzosamente así. ¿Sabes de quien soy hijo?

― Sí, de Secretario, número 26, negro bragado y listón, de 545 kilos. Tienes las mismas hechuras que tu padre. Espero que embistas igual que él de humillado, sin ver más que trapo y sin aburrirse. Así se ganó el indulto.

― ¡Equilicuá! De eso quería hablarse precisamente. ¿Por qué tenemos que matarnos, yo a ti o tú a mí?

― Porque tú eres un toro bravo y yo un matador de toros. A ti te han criado para el sacrificio y yo he nacido para hacer de ese sacrificio una obra de arte. Eso es la tauromaquia.

― Ya, pero si yo me comporto esta tarde como mi padre aquel día en El Puerto, y me olvido de tus muslos y embisto solo a la muleta arrastrando el hocico por el suelo una vez y otra, por un pitón y por el otro y sin aburrirme ¿Qué crees que pasará?

― Que la gente pedirá que te indulten.

― Exacto, con lo cual tu saldrás por la puerta grande y a mí me curarán las heridas y me mandarán de vuelta a casa para que cubra vacas y nazcan becerritos, que es lo que de verdad me apetece y no que me coman estofado. No tengo ningún interés en sumarme a la lista negra de los Bailaor, Islero, Avispado y compañía; prefiero ser recordado como el primer toro indultado de segunda generación. 

 ― Eso que me propones es una estafa, como dos boxeadores que amañan un combate. La gente paga por ver cómo te mato jugándome la vida y si les engaño soy un sinvergüenza, además de un mal torero.  

― Qué va. Eso era antes, hoy la gente va a la plaza a ver cómo tú te quedas quieto y yo giró a tu alrededor una vez y otra y otra. Solo una minoría busca la emoción en el peligro, el resto la encuentra en la estética, en la belleza de ese ballet que componen toro y torero. ¿Dónde está el fraude?

― Precisamente lo que no puede ser nunca el toreo es un ballet. Y es inútil que te esfuerces, que no me vas a convencer. Soy torero, un ídolo y un héroe para mucha gente. Mi obligación es lidiarte y darte muerte asumiendo el riesgo de que me puedas matar tú a mí. Y si ocurre eso, pues qué le vamos a hacer, no seré el primero ni el último.

El toro guardó silencio mientras giraba a vista hacia el rincón de la habitación donde estaba la silla en la que Alfonsito, el mozo de espadas, había colocado son sumo cuidado  el traje de luces que luciría el maestro aquella tarde.        

― Bonito vestido ¿Cómo llamáis a ese color?

― Espuma de mar, lo estreno hoy.

― Pues si no aceptas mi propuesta mañana dirán los periódicos que el torero Juan Infante lucía un terno espuma de mar y oro cuando lo mató el toro Luminoso, del hierro de Darío Cuevas. Y no se te olvide que juego  con ventaja, tengo veinte minutos para escoger con calma el momento más apropiado para hacerlo.

― Basta, no insistas, vuelve al chiquero que es donde debes estar a esta hora. Y déjame que te diga que no eres digno del padre que tienes. Él seguro que hubiera preferido morir como un toro bravo que vivir como un tramposo estafador.

En aquel momento sonaron unos golpes en la puerta y se oyó la voz de Alonsito. “Maestro, la hora”.

Cartel de “No hay billetes”

En las taquillas se había colgado el cartel de “No hay billetes” y como la tarde no empezó bien, algún aficionado se acordó de la conocida frase: “corrida de expectación, corrida de decepción”.

El primer toro salió muy parado, pegado al piso que dicen en México. Rafael Acuña echó mano de su reconocido oficio para estar aseado y escuchar algunas palmas. Con el segundo no mejoró la cosa. “A ver qué le podemos hacer a este, porque no humilla ni pa comer”.―fu el comentario de Juan a su mozo de espadas mientras recogía los trastos y la montera, después que los clarines ordenaran el inicio del último tercio.

Con los pitones del morlaco siempre por encima del estaquillador, toda la faena tuvo que hacerla a media altura y no transmitió ninguna emoción a los tendidos que respondieron con un indiferente silencio cuando Cordovita apuntilló al colorado ojo de perdiz.

Apoyada la espalda en la pared del callejón, junto al burladero de apoderados, Juan Infante vio como “Guille de Jerez” se dirigía, capote al hombro, a la puerta de chiqueros para recibir al tercero de la tarde. Era un chaval formado en la escuela taurina de su ciudad, que en un año de alternativa había revolucionado el panorama haciendo gala de un valor rayano en lo temerario.  

Desde la larga de rodillas con la que saludó al castaño lucero y girón que le tocó en suerte hasta la estocada, no muy ortodoxa pero sí eficaz, con que lo rindió, la plaza fue una sucesión de olés mezclados con ayes y el colofón un flamear masivo de pañuelos. Dos orejas, puerta grande asegurada.

Acuña le cortó una oreja al cuarto, que no duró mucho pero embistió con clase y le permitió lucir el toreo de corte clásico con el que el salmantino mantenía, una temporada más, su puesto entre los mejores.

Medio oculto en la tronera del burladero, como era su costumbre, Juan observó la salida del quinto, Luminoso, número 26, de 555 kilos, negro bragado y listón, bien puesto de cabeza y astifino. Le vio galopar por el ruedo y derrotar sacando astillas de las tablas y dejando a su paso el característico olor a madera quemada. Cuando se hubo alejado siguiendo por inercia la circunferencia del ruedo, salió del burladero y le citó. No necesitó probaturas porque la embestida era franca. Tres verónicas por cada pitón y una media levantaron olés en los tendidos. El toro fue de largo al caballo para empujarlo  hasta las tablas fijo en el peto, la cara abajo y metiendo los riñones. El maestro quitó por chicuelinas, lentas, apretadas, clavados los pies en la arena, mientras Luminoso pasaba ceñido a su cuerpo y la plaza estallaba de nuevo en olés. Al volver al callejón, mientras los banderilleros cogían los palos, pudo escuchar el runrún de expectación que llegaba desde las gradas. Todo el mundo era consciente de que lo que venía a continuación podía ser antológico.

Galopó el astado en banderillas y Marchena y Cordovita aprovecharon su brava embestida para clavar tres buenos pares y ganarse el derecho a saludar, montera en mano.

“Vaya toro, maestro, de lio gordo ―oyó decir a Alfonsito que le tendía, sonriente, los trastos y la montera. Al volverse hacia el ruedo vio que dos peones sujetaban a  Luminoso en el burladero de la segunda suerte, respiró hondo y avanzó con pasos lentos hasta el centro del anillo, alzó la montera y arqueó el cuerpo; mientras brindaba su labor al público, contempló los abarrotados tendidos de la plaza. “De aquí a diez minutos van a estar teñidos de blanco” ―pensó―  y con un giro de muñeca lazó hacia atrás el negro tocado. Una exclamación aprobatoria le indicó que había caído boca abajo. Desplegó la muleta y desde el mismo platillo, la boca de riego que decían los antiguos, citó al toro que acudió al galope. El pase cambiado por la espalda, que sorprendió a los aficionados por lo poco habitual en la tauromaquia de Juan Infante, fue el inicio de la faena antológica que desde hacía minutos que se presentía. Series en redondo, por naturales, abrochadas con pases de pecho de pitón a rabo unas, rematadas por bajo o con afarolados otras, cambios de mano, el pase de las flores, el kikiriki…todo tuvo cabida en aquel compendio del arte de torear que convirtió el coso en un manicomio. Hasta la música pareció querer sumarse a la magia de aquellos minutos y el solo de trompeta del pasodoble Nerva fue a coincidir con un circular por la espalda, uno más en la serie de carteles de feria que el maestro había dibujado ya. Juan Infante estaba viviendo como en un éxtasis, cuajando la faena de su vida, la que había soñado tantas veces desde que, todavía niño, decidió que quería ser torero.

Se alejó unos pasos de Luminoso, que jadeaba agotado pero en cuyos ojos leyó que seguía pidiendo guerra. Entonces una voz interior le dijo que la faena estaba hecha y que debía ir por la espada antes de que empezaran a alzarse voces pidiendo que le perdonaran la vida al burel.  Porque la absoluta felicidad que sentía en aquel momento no le había nublado la razón y recordaba la tramposa proposición que tuvo que oír en la habitación del hotel. “Vas a morir o me vas a matar ―le dijo al bicorne―. Fuera sueño o realidad,  Juan Infante es un hombre y un torero y no se presta a componendas”.

“Dos tandas más y toda la plaza pedirá el indulto” le susurró Ginés Gómez, su apoderado, mientras el maestro cambiaba el estoque simulado por el de acero.  Juan no despegó los labios, solo le miró fijo a los ojos y negó con la cabeza antes de volver a la cara del toro, que había quedado emplazado entre las dos rayas de picar.

Todo ocurrió en un instante. Al tratar de cambiar de terreno al toro para perfilarse en la suerte natural, el animal que hasta aquel momento había acudido a cada cite con total nobleza, sin un extraño, ni un parón, ni una mirada al torero, se olvidó del engaño y fue directo al bulto, como lo hacen las reses ya toreadas. El asta derecha de Luminoso se clavó con saña en el muslo del matador, buscando la zona mortal, el triángulo de Scarpa por donde pasan los vasos sanguíneos femorales y las demás estructuras neurovasculares importantes.

“Has cumplido tú amenaza, hijo de puta, me has matao”, pensó Juan mientras sentía que un puño, el de Pepe Marchena, se apretaba contra la herida tratando de tamponar el enorme agujero por el que se le escapaba la vida.

La espeluznante cogida dejó helados de espanto a los espectadores y provocó unos instantes de desconcierto en el callejón, hasta que Acuña salió a dar muerte al morlaco causante del percance  Tras lo sucedido a su compañero,  tomó sus precauciones pero no fueron necesarias, cumplido su propósito y agotado por el largo trasteo, Luminoso dejó dócilmente que el director de lidia enterrara en su morrillo una estocada casi entera y bastante caída que bastó. Como Juan Infante había deseado, los tendidos se llenaron de pañuelos pidiendo las orejas, que el presidente concedió sin dudarlo. 

Para entonces él ya estaba siendo operado. En los menos de dos minutos que tardaron en llevarle a la enfermería, el torero vio pasar por su mente, como una película, toda su peripecia vital. La infancia, la adolescencia marcada por su decisión de ser torero, la escuela taurina, el primer traje de luces, la alternativa, las salidas a hombros, las cinco cornadas que llevaba en el cuerpo sin contar la que acababa de sufrir y que consideraba la última…Cuando le depositaron sobre la mesa de operaciones abrió los ojos y vio una gran luz blanca que interpretó como la confirmación de que estaba muerto, pero de ella surgió la figura de un hombre de mediana edad del que se desprendía como un halo, se presentó como el doctor Ángel San Miguel, y a Juan le extrañó que no llevara ropa de quirófano sino una larga prenda blanca que más que una bata parecía  una túnica.

― ¿Para qué me va a operar, doctor, si estoy muerto? –le dijo con un hilo de voz.

El hombre  le miró sonriente.

― Tranquilo, maestro, que no estás muerto ni te vas a morir, al menos hasta que  abramos la puerta del Príncipe, que ya se nos está resistiendo mucho.

No hubo ocasión a más diálogo porque la eficaz labor del anestesista sumió al torero en el país de los sueños.      

El príncipe de los infiernos

En los días siguientes, los medios informativos siguieron la evolución del diestro herido. “Pasó la noche con dolores pero sin fiebre”. “Sigue estable, dentro de la gravedad”. “Los médicos se muestran optimistas aunque persiste el riesgo de infección”. “Juan Infante abandonó esta mañana la UCI para continuar su recuperación en una habitación de la segunda planta”.

Tres semanas después, amanecido un típico día de otoño con el cielo cubierto de nubes cárdenas que no tardaron en descargar una lluvia fina muy propia de la estación. Sobre las diez de la mañana, el doctor Milán hizo su diaria visita, examinó la herida y los informes que le habían pasado sus ayudantes y dedicó  una amplia sonrisa al paciente.  

― Pues si no hay complicaciones, en unos días más te podrás ir para casa. Habrá que reservar la sala de conferencias porque imagino que querrás dar una rueda de prensa al salir.

Sí, voy a llamar a la agencia de comunicación para que lo preparen. Y gracias por todo, doctor.

― De nada hombre, para mi darte el alta con lo que traías es lo que para ti cortar cuatro orejas y dos rabos. Y que sepas que en México están desolados por no poder verte allí este año. Me lo dijo ayer un colega de Guadalajara.

Cuando el médico se hubo marchado y recordando sus últimas palabras, Juan evocó el día de su presentación en la Monumental Plaza México, como les gusta llamarla allí. La mayor plaza de toros del mundo, más de 40.000 localidades. No estaba llena aquella tarde, pero la impresión que tuvo al pisar la arena no se le iba a olvidar nunca. Ni cómo suenan allí los olés, y los gritos de ¡torero!, ¡torero! Él también lamentaba faltar a la cita aquel invierno.

De pronto la habitación se llenó de luz, la misma luz blanca que le hizo creer que había dejado este mundo cuando la vio por primera vez. Y de la luz surgió, con la misma túnica blanca y rodeado del mismo halo, el doctor Ángel San Miguel.

― ¿Qué tal maestro? Te acuerdas de mí, supongo.

― Como para olvidarle, me salvó usted la vida.

― Bueno, para eso me mandó el Jefe –al decirlo señaló con el índice hacia lo alto―. Y no creas que no desea verte torear en su plaza, porque te admira mucho, pero no hay prisa, es lo que tiene ser eterno. Hace años que no se pierde una corrida tuya. Y este marzo en las Fallas, cuando le cortaste el rabo al toro de Atanasio…los olés resonaron en toda la bóveda celeste, y hasta le oí decir “Esa faena no la mejoro ni yo” ¿No te has fijado que nunca llueve el día que tú toreas? ¿Y que jamás te ha molestado el viento? ni en Madrid, y mira que ya es difícil. ¿A qué crees que se debe?

― Nunca he sido muy creyente pero en la capilla de la plaza siempre rezo un padrenuestro, y es que, aunque no quieras pensar en eso, cuando sabes que te ronda la muerte tienes que agarrarte a algo. Pero dígame una cosa, por qué no estuvo usted en Talavera la tarde de lo de Joselito, o en Linares cuando Manolete, y en tantos otros sitios, y en cambio vino aquel día a salvarme la vida a mí. ¿Qué tengo yo de especial? 

―Dices que rezas el padrenuestro, ¿Cuáles son las dos últimas preces?

―No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

― Sí, o más correctamente “líbranos del maligno”. Pues a ti el maligno te tentó y tú no caíste en la tentación. ¿O no lo recuerdas?

―Recuerdo que un toro me propuso hacer un amaño en la corrida y me negué.

― ¿Cómo se llamaba ese toro?

― Luminoso

― Exacto. ¿Y cómo se llama uno de los siete príncipes del infierno? Lucifer, que en latín significa “portador de luz”. ¿Lo entiendes ahora?

Ángel San Miguel no pudo contener la risa cuando vio que Juan se había quedado con la boca abierta.

― Para que luego digan que ni hay quinto malo ―dijo antes de despedirse―Te dejo que van a venir visitas, pero antes un recado de parte del Jefe. Le gustó mucho el traje que vestías aquella tarde, espuma de mar y oro, y lamentaría que por algún miedo supersticioso dejaras de llevarlo.

Brindis al cielo

Hacía ya días que los medios especializados dieron la noticia de que no quedaban apenas entradas para la corrida en la que reaparecía Juan Infante tras el percance que estuvo a punto de costarle la vida. Y recordaban  que sería en la misma plaza y con reses de la misma ganadería.

Faltaban diez minutos para el inicio del festejo cuando entró en la capilla para rezar su habitual padrenuestro y al terminar con “y líbranos del mal”, sintió un escalofrío recordando la mirada de Luminoso cuando le dijo “Esta tarde te voy a matar”. Pero enseguida le vinieron a la mente las palabras de Ángel San Miguel “no te vas a morir; al menos hasta que abramos la Puerta del Príncipe”.

Pese a lucir la misma divisa azul y blanca, el toro de su vuelta a los ruedos tenía poca semejanza con aquel en cuyo cuerpo se fue a  instalar el príncipe del infierno. Este era castaño, engatillado de cuerna y pesaba algo menos, 543 kilos.

Cuando sonó el clarín que ordenaba el cambio de tercio, a Alfonsito le sorprendió el gesto sonriente con que el maestro recogía los trastos. Lo habitual era verle serio y concentrado en ese momento, y también le extrañó que tras pedir permiso al presidente no fuera a brindar la faena a los médicos que le habían salvado la vida siete meses antes. Por el contrario, el matador se dirigió al centro del ruedo y alzó la montera en brindis al cielo.

― ¿Se ha muerto alguien? ―preguntó el mozo de espadas girando la cabeza hacia el burladero de apoderados, donde Ginés le respondió con un ademán de idéntica extrañeza.

Nadie en la plaza pudo escuchar el brindis de Juan Infante que, sin embargo, resonó en toda la bóveda celeste. “Señor, tengo el honor de brindarte la muerte de este toro y me vas a permitir que lo haga extensivo al doctor Ángel San Miguel. Y quiero hacerle una promesa, si me da vida, voy a llevar muchas tardes vestidos como este, espuma de mar y oro.