Un ángel rojo vestido de luces

Rara avis en la época más cainita de la historia de España, supo parar, templar y mandar al toro del odio. Para aquellos a quienes salvó la vida fue “El ángel rojo”. Santiago Carrillo dijo de él que era “un anarquista con ángel”. Se le atribuye esta frase. “"Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas".

De los varios toreros que tuvieron una intervención destacada en la Guerra Civil española (1936-1939) puede que el menos conocido para muchos aficionados sea Melchor Rodríguez, pese a que el Cossio le cita como único diestro que combinó el toreo con la política.

Nacido en Sevilla, quedó huérfano de padre siendo un niño, al morir aquél en un accidente en los muelles del Guadalquivir. Su madre, costurera y cigarrera, tuvo que ocuparse por sí sola de sacar adelante a Melchor y a sus dos hermanos.

Melchor estudió en la escuela del asilo hasta la edad de trece años, cuando la situación de pobreza extrema de la familia le obligó a ponerse a trabajar en un taller de calderería Ya en su adolescencia quiso ser torero y recorrió diversas ferias y capeas con mejor o peor suerte. De su trayectoria en los ruedos sabemos que toreó en Sanlucar de Barrameda en 1913, y posteriormente en plazas cada vez más importantes hasta llegar a la de Madrid, donde  sufrió una grave cogida en agosto de 1918; y que se retiró en 1920 tras algunas corridas en El Viso, Salamanca y Sevilla.

Hacia 1921, época en la que trabajaba en Madrid como chapista, se afilió a la unión General de Trabajadores (UGT), de donde pasó a la Agrupación Anarquista de la Región Centro y con posterioridad a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Ya entonces se distinguió por su lucha en favor de los derechos de los reclusos, incluso de los de ideología contraria a la suya, lo que le costó ser él quien parara varias veces en prisión.

El 10 de noviembre de 1936, fue nombrado delegado especial de prisiones de Madrid, pero dimitió cuatro días después al verse incapaz de poner orden en unas cárceles, donde los milicianos, la mayoría comunistas, habían sustituido a los funcionarios profesionales y cometían todo tipo de arbitrariedades, entre las que destacaron las tristemente célebres “sacas” (supuestos traslados de grupos de reclusos que eran posteriormente fusilados en diversos lugares de las cercanías de Madrid como –el caso más conocido- Paracuellos del Jarama. De aquel estado de cosas fueron víctimas personajes tan diversos como el político liberal Melquiades Álvarez o el escritor Pedro Muñoz Seca.

El entonces ministro de Justicia, y también anarquista, Juan García Oliver convenció poco después a Melchor Rodríguez para que volviera a su puesto, cosa que hizo el 4 de diciembre, pero esta vez con plenos poderes, como Delegado General de Prisiones, y entre  las primeras medidas por él  tomadas estuvieron la de reincorporar a sus puestos a los funcionarios de prisiones y la implantación de una norma por la que quedaba prohibida la salida de presos de las cárceles entre las 7 de la tarde y las 7 de la mañana sin su autorización personal. Esta orden supuso en buena medida el fin de los llamados “paseos”, macabro eufemismo con el que se denominaba  a los asesinatos de reclusos que habían sido puestos en libertad poco tiempo antes y que solían ocurrir durante la noche.

Con su gestión, salvó la vida de muchas personas, entre ellas algunos personajes que serían importantes de la política española en los años siguientes como Ramón Serrano Suñer, concuñado de Franco y hombre fuerte del régimen en sus primeros años; Agustín Muñoz Grandes, ministro del Ejército entre 1951 y 1957 y vicepresidente el Gobierno entre 1962 y 1067; los falangistas Raimundo Fernández Cuesta y Rafael Sánchez Mazas; el futbolista Ricardo Zamora o el locutor de radio Bobby Deglané.

Una de las actuaciones más destacadas de Melchor Rodríguez tuvo lugar en Alcalá de Henares cuando un grupo de milicianos trataron de linchar a varios presos de la cárcel en represalia por el bombardeo que había sufrido la localidad. Rodríguez se enfrentó a los exaltados durante varias horas y hasta dio orden de entregar armas a los reclusos en caso de que los asaltantes persistiesen en su empeño, ante lo que éstos decidieron retirarse.

Al margen de esta actividad, se sabe también que Melchor Rodríguez proporcionó documentos como carnets de la C.N.T. o avales personales a personas perseguidas, y gestionó el traslado de algunas de ellas a embajadas de países extranjeros para garantizar su seguridad; que en varias ocasiones llegó al extremo de facilitar pasaportes y transporte hasta Francia a familias en peligro de muerte, y que al menos en una ocasión acompañó personalmente a los evadidos hasta Perpignan.

Cuando el 28 de marzo de 1939 las tropas de Franco entraron en Madrid, Melchor Rodríguez era alcalde provisional y junto a los pocos que permanecieron en su puesto, entre ellos el destacado dirigente socialista Julián Besteiro, le correspondió traspasar los poderes a las nuevas autoridades.

Finalizada la guerra y pese a que, como ha quedado reseñado, importantes personalidades del nuevo orden le debían la vida, Melchor fue detenido y juzgado en  dos consejos de guerra y en el segundo hasta se llegó a pedir para él la pena de muerte. Al término del mismo y al preguntar  el presidente del tribunal si alguno de los presentes tenía algo que alegar, Agustín Muñoz Grandes se levantó, se presentó como teniente general del Ejército y declaró. “Este hombre me salvó la vida y también a muchas personas más” y presentó un escrito con miles de firmas que atestiguaban sus palabras.

La condena fue a 20 años y un día de prisión, de los que cumplió cuatro, casi todos en el penal del  Puerto de Santa María Cuando salió en libertad provisional, en 1944, rechazó la oferta de un cargo en  el sindicato oficial (CNS) y, por el contrario, siguió militando en la entonces clandestina CNT, lo que le costó entrar en la cárcel en varias ocasiones más. Vivió austeramente de su trabajo como agente de seguros; escribió letras de pasodobles y cuplés en colaboración con el maestro Padilla y otros autores y,  publicó artículos y poemas en el diario Ya.

Murió en 1972 y a su entierro, en el cementerio de San Justo, acudieron muchas personas de ideologías enfrentadas; y mientras Alberto Martín Artajo, antiguo presidente de Acción Católica y ministro de Exteriores entre 1945 y 1957, rezaba un Padrenuestro, un grupo de anarquistas entonaba el himno de la CNT “A las barricadas”.

La Secretaría General de Instituciones Penitenciarias inauguró, en 2009, un Centro de Inserción Social en Alcalá de Henares que lleva el nombre de Melchor Rodríguez, su Sevilla natal le dedicó una calle y en la casa del barrio de Triana donde nació una placa le rinde perpetuo recuerdo.