Tal día como hoy de 1922

"Pocapena", de Veragua, asestó a Manuel Granero una de las más horribles cornadas de la historia 

Redacción (7-05-2019)

Hoy 7 de mayo, se cumplen 77 años de la mortal cogida del diestro valenciano Manuel Granero en la plaza de Madrid. Con él desapareció el torero que se decía iba a ser el sucesor de Joselito  “El Gallo” tras la muerte de éste, dos años antes, en Talavera de la Reina

Manuel Granero, había nacido en la ciudad del Turia el 4 de abril de 1902. O sea que acaba de cumplir los 20 años cuando la cornada del toro Pocapena, del Duque de Veragua, segó su vida. Y si es verdad que los elegidos de los dioses mueren jóvenes, en eso si emparejó  el destino a Gallito y a Granero.

Como suele ocurrir en la mayoría de las tragedias que se dan en los ruedos, la fatalidad jugó su papel en esta porque según explico la prensa días después del luctuosos hecho, Manuel Granero no quería torear en Madrid., disgustado, al parecer por el comportamiento que había tenido con él cierto sector la afición de la capital en sus últimas actuaciones. Además,  arrastraba una lesión en un brazo consecuencia del percance que sufrió en la corrida del Domingo de Ramos en Valencia. Pero las obligaciones con los empresarios y las promesas de nuevos contratos hicieron que su tío, que hacía de representante del torero –no existía por entonces la figura del apoderado tal como la entendemos ahora-  le convenciera de vestirse de luces aquella tarde.

Pero en la trágica muerte del joven espada valenciano se da otra circunstancia, creemos que única en la historia del toreo, y es que ese mismo toro Pocapena le había correspondido a Granero el año anterior en una corrida que debía celebrarse en Ciudad Real y que se suspendió porque los matadores se negaron a torear al enterarse de que el empresario había huido con la recaudación íntegra de la taquilla.

Dicen que cuando, la mañana del 7 de mayo, el diestro supo que le había tocado otra vez el mismo toro exclamó “Pues en ese toro la voy a armar”.

“Un bicho pegajoso y burriciego”

Era la cuarta corrida de abono, la expectación era grande y a la hora anunciada hicieron el paseíllo Juan Luis de la Rosa, Manuel Granero y Marcial Lalanda, que confirmaba alternativa, para despachar tres toros de Albaserrada y otros tres del Duque de Veragua.

Tras estoquear al segundo, primero de su lote, Granero dio la que acabó siendo la última vuelta al ruedo de su vida. Y salió el quinto, “Pocapena” cuya lidia describió así Eduardo Palacio, cronista del diario ABC “Al lancear, a Granero no le fue posible lucirse, porque el bicho, pegajoso y burriciego, se paraba en seco sin seguir el viaje que el diestro le marcaba”. Y el crítico taurino Maximiliano Clavo, conocido por el pseudónimo  “Corinto y Oro”, narró de esta forma la cogida y muerte del torero: “A banderillas ‘Pocapena’ llegó mansurrón, incierto y bronco, y entre Alpargaterito y Rodas le pusieron los pares reglamentarios, superior el de Rodas [...]. Tras dos o tres capotazos de Blanquet, Manolo (que vestía de azul marino y oro), con los trastos de matar, dirigiose al cárdeno, al que el peón había dejado en el tercio del 2. Manolo intentó comenzar la faena con un pase cambiado, o con uno por alto —porque no pasó de iniciación—, llevando la muleta cogida con ambas manos y dando al toro la salida hacia el tendido 3. En el centro de la suerte, el toro ‘se le puso por delante’; es decir: en la arrancada se le metió dentro de su terreno y le volteó aparatosamente, lanzándole a más de un metro de distancia a favor de tablas. Cuando el infortunado maestro intentó levantarse, el toro, que se dirigió rapidísimamente hacia él y le metió nuevamente la cabeza dos veces seguidas, en la primera le enganchó por el lado derecho de la cara, forcejeando con él hasta arrimarle a la barrera, y con la cabeza pegada al estribo, el pitón profundizó en la brecha e hizo, en rara trayectoria, un horrible destrozo en el lateral derecho del cráneo del pobre Manolo, que fue rápidamente conducido por las asistencias a la enfermería con la cara cubierta de sangre —pues la hemorragia fue enorme—; los huesos maxilar, de la órbita del ojo, el parietal y el temporal habían sido brutalmente partidos, y llevaba un sangriento fleco de la piel seccionada en irregulares colgajos. El espanto se esparció instantáneamente por toda la plaza...”.

Hemingway cuenta en su libro “Muerte en la tarde” que no vio jamás una muerte más terrible que la de la cogida de Manuel Granero, una imagen que está perfectamente reproducida en el museo de cera de Madrid, en la plaza de Colón, donde se ve como el toro introduce el pitón en el ojo el torero inerte en el suelo. 

Existe una filmación de aquella tarde trágica en la que pueden verse unas imágenes que son como un antecedente del célebre video de Paquirri en Pozo Blanco. Son las que corresponden al traslado del torero a la enfermería en la que, en ambos casos, el cámara va corriendo de espaldas delante de las asistencias. Finalmente se ve a Granero en la mesa de operaciones y el terrible destrozo causado por el cuerno de Pocapena en su cráneo.

Tal día como hoy de 1971

Ruiz Miguel cortó el rabo a un toro de Miura en Sevilla

JMA (25-04-2019)

Tal día como hoy, 25 de abril,  del año 1971, el torero gaditano Francisco Ruíz Miguel vivió un momento trascendental para su carrera profesional al cortar el rabo al toro Gallero, de Miura, en la Maestranza de Sevilla.

Como tantas veces ocurre en el planeta taurino, tanto para lo bueno como para lo malo, el protagonista del hecho no debía pisar, en principio, aquella tarde el albero maestrante, ya que el espada anunciado para despachar la corrida del legendario hierro de Zahariche era Pepe Limeño; Pero éste se cayó del cartel al presentar un parte médico en que se decía que el torero padecía una depresión. En los mentideros taurinos se sabía a qué era debida la misma, y así lo explicaba Diario se Sevilla, el 21 de abril de 2018, en su sección “Hitos para la historia”.

El heroico torero sanluqueño se había sentido maltratado por la prepotencia de quienes administraban a Manuel Benítez El Cordobés, denunciando públicamente que le habían hecho trampa en el sorteo para que pechase con los dos toros de más trapío y el escándalo fue de órdago.

Bajo una fuerte depresión, Limeño se recluyó en su casa de Sanlúcar de Barrameda y mandó el parte facultativo.

El cartel quedó formado pues por el rejoneador Fermín Bohórquez, Andrés Hernando, Ruiz Miguel y “El Hencho”.  Gallero, negro bragado, herrado con el número 100 y de 521 kilos de peso, saltó a la arena en segundo lugar y era el primer miura al que tenía que enfrentarse el diestro de San Fernando. El animal salió –cuentan las crónicas-  “queriéndose comer todo lo que se movía” pero el maestro le entendió a la perfección y tras pararlo con el capote, muleta en mano formó un alboroto toreando con las dos manos y dejando para el recuerdo de quienes allí estaban el pase de pecho que abrochó una tanda de naturales con el que hizo que se detuviera el tiempo. Entró a matar en la suerte de recibir para dejar una estocada letal y convertir el coso del Baratillo en un manicomio. A día de hoy, es el último torero a pie que ha paseado un rabo por el ruedo sevillano.

Como decíamos al principio, aquel triunfo supuso un hito en su carrera ya que, a partir de aquel día se consagro como un “especialista” en las llamadas corrida duras y a lo largo de su carrera, que se prolongó hasta 1991, se fajó, además de con los de Miura en múltiples ocasiones,  con otros de los hierros más temidos de la cabaña brava, como Pablo Romero, Murteira Grave, Palha, Victorino Martín, etcétera; lo que le valió un gran cartel en toda la geografía tuarina, en especial en Madrid donde abrió en diez ocasiones la puerta grande de Las Ventas.

Y precisamente en la Monumental madrileña fue donde vivió otro momento histórico, al formar parte junto a Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar de la terna que, con toros de Victorino Martín, protagonizó, el 1 de junio de1982, la llamada “corrida del siglo”.

Un ángel rojo vestido de luces

Rara avis en la época más cainita de la historia de España, supo parar, templar y mandar al toro del odio. Para aquellos a quienes salvó la vida fue “El ángel rojo”. Santiago Carrillo dijo de él que era “un anarquista con ángel”. Se le atribuye esta frase. “"Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas".

De los varios toreros que tuvieron una intervención destacada en la Guerra Civil española (1936-1939) puede que el menos conocido para muchos aficionados sea Melchor Rodríguez, pese a que el Cossio le cita como único diestro que combinó el toreo con la política.

Nacido en Sevilla, quedó huérfano de padre siendo un niño, al morir aquél en un accidente en los muelles del Guadalquivir. Su madre, costurera y cigarrera, tuvo que ocuparse por sí sola de sacar adelante a Melchor y a sus dos hermanos.

Melchor estudió en la escuela del asilo hasta la edad de trece años, cuando la situación de pobreza extrema de la familia le obligó a ponerse a trabajar en un taller de calderería Ya en su adolescencia quiso ser torero y recorrió diversas ferias y capeas con mejor o peor suerte. De su trayectoria en los ruedos sabemos que toreó en Sanlucar de Barrameda en 1913, y posteriormente en plazas cada vez más importantes hasta llegar a la de Madrid, donde  sufrió una grave cogida en agosto de 1918; y que se retiró en 1920 tras algunas corridas en El Viso, Salamanca y Sevilla.

Hacia 1921, época en la que trabajaba en Madrid como chapista, se afilió a la unión General de Trabajadores (UGT), de donde pasó a la Agrupación Anarquista de la Región Centro y con posterioridad a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Ya entonces se distinguió por su lucha en favor de los derechos de los reclusos, incluso de los de ideología contraria a la suya, lo que le costó ser él quien parara varias veces en prisión.

El 10 de noviembre de 1936, fue nombrado delegado especial de prisiones de Madrid, pero dimitió cuatro días después al verse incapaz de poner orden en unas cárceles, donde los milicianos, la mayoría comunistas, habían sustituido a los funcionarios profesionales y cometían todo tipo de arbitrariedades, entre las que destacaron las tristemente célebres “sacas” (supuestos traslados de grupos de reclusos que eran posteriormente fusilados en diversos lugares de las cercanías de Madrid como –el caso más conocido- Paracuellos del Jarama. De aquel estado de cosas fueron víctimas personajes tan diversos como el político liberal Melquiades Álvarez o el escritor Pedro Muñoz Seca.

El entonces ministro de Justicia, y también anarquista, Juan García Oliver convenció poco después a Melchor Rodríguez para que volviera a su puesto, cosa que hizo el 4 de diciembre, pero esta vez con plenos poderes, como Delegado General de Prisiones, y entre  las primeras medidas por él  tomadas estuvieron la de reincorporar a sus puestos a los funcionarios de prisiones y la implantación de una norma por la que quedaba prohibida la salida de presos de las cárceles entre las 7 de la tarde y las 7 de la mañana sin su autorización personal. Esta orden supuso en buena medida el fin de los llamados “paseos”, macabro eufemismo con el que se denominaba  a los asesinatos de reclusos que habían sido puestos en libertad poco tiempo antes y que solían ocurrir durante la noche.

Con su gestión, salvó la vida de muchas personas, entre ellas algunos personajes que serían importantes de la política española en los años siguientes como Ramón Serrano Suñer, concuñado de Franco y hombre fuerte del régimen en sus primeros años; Agustín Muñoz Grandes, ministro del Ejército entre 1951 y 1957 y vicepresidente el Gobierno entre 1962 y 1067; los falangistas Raimundo Fernández Cuesta y Rafael Sánchez Mazas; el futbolista Ricardo Zamora o el locutor de radio Bobby Deglané.

Una de las actuaciones más destacadas de Melchor Rodríguez tuvo lugar en Alcalá de Henares cuando un grupo de milicianos trataron de linchar a varios presos de la cárcel en represalia por el bombardeo que había sufrido la localidad. Rodríguez se enfrentó a los exaltados durante varias horas y hasta dio orden de entregar armas a los reclusos en caso de que los asaltantes persistiesen en su empeño, ante lo que éstos decidieron retirarse.

Al margen de esta actividad, se sabe también que Melchor Rodríguez proporcionó documentos como carnets de la C.N.T. o avales personales a personas perseguidas, y gestionó el traslado de algunas de ellas a embajadas de países extranjeros para garantizar su seguridad; que en varias ocasiones llegó al extremo de facilitar pasaportes y transporte hasta Francia a familias en peligro de muerte, y que al menos en una ocasión acompañó personalmente a los evadidos hasta Perpignan.

Cuando el 28 de marzo de 1939 las tropas de Franco entraron en Madrid, Melchor Rodríguez era alcalde provisional y junto a los pocos que permanecieron en su puesto, entre ellos el destacado dirigente socialista Julián Besteiro, le correspondió traspasar los poderes a las nuevas autoridades.

Finalizada la guerra y pese a que, como ha quedado reseñado, importantes personalidades del nuevo orden le debían la vida, Melchor fue detenido y juzgado en  dos consejos de guerra y en el segundo hasta se llegó a pedir para él la pena de muerte. Al término del mismo y al preguntar  el presidente del tribunal si alguno de los presentes tenía algo que alegar, Agustín Muñoz Grandes se levantó, se presentó como teniente general del Ejército y declaró. “Este hombre me salvó la vida y también a muchas personas más” y presentó un escrito con miles de firmas que atestiguaban sus palabras.

La condena fue a 20 años y un día de prisión, de los que cumplió cuatro, casi todos en el penal del  Puerto de Santa María Cuando salió en libertad provisional, en 1944, rechazó la oferta de un cargo en  el sindicato oficial (CNS) y, por el contrario, siguió militando en la entonces clandestina CNT, lo que le costó entrar en la cárcel en varias ocasiones más. Vivió austeramente de su trabajo como agente de seguros; escribió letras de pasodobles y cuplés en colaboración con el maestro Padilla y otros autores y,  publicó artículos y poemas en el diario Ya.

Murió en 1972 y a su entierro, en el cementerio de San Justo, acudieron muchas personas de ideologías enfrentadas; y mientras Alberto Martín Artajo, antiguo presidente de Acción Católica y ministro de Exteriores entre 1945 y 1957, rezaba un Padrenuestro, un grupo de anarquistas entonaba el himno de la CNT “A las barricadas”.

La Secretaría General de Instituciones Penitenciarias inauguró, en 2009, un Centro de Inserción Social en Alcalá de Henares que lleva el nombre de Melchor Rodríguez, su Sevilla natal le dedicó una calle y en la casa del barrio de Triana donde nació una placa le rinde perpetuo recuerdo.