Siete décadas de una leyenda llamada "Manolete"

Hoy, 29 de agosto de 2017 se cumplen setenta años de la muerte, en el Hospital Marqueses de Linares, de Manuel Rodríguez "Manolete", como consecuencia de la cornada que le había propinado, la tarde anterior, el toro Islero, de la ganadería de Miura.

Moría un torero y nacía una leyenda sobre cuya vida y nuerte se han escrito cientos de libros y cuyo nombre viene referenciado en todos los libros de historia, puesto que no se puede hablar de la posguerra española sin mencionarle.

En esta fecha, Tendido.es quiere ofrecer este modesto recuerdo a la memoria de una de las más grandes figuras que ha ado el toreo a lo largo de su historia. Va por tí, maestro.  

El hombre que inventó una tauromaquia eterna

JM Alarcón (28-8-17)

La historia del toreo, o de la corrida de toros actual, es la de dos siglos  de evolución que han llevado al arte de torear de una lucha brutal, casi zafia, del hombre con la bestia, al estallido de estética barroca que hoy podemos contemplar en una plaza cuando el toro se presta a ello y el torero está inspirado. En ese proceso evolutivo se produce un punto de inflexión, en las primeras décadas del siglo XX con la irrupción de Juan Belmonte quien, haciendo realidad un cambio que ya habían experimentado otros toreros, en especial Antonio Montes, llevó a cabo una auténtica revolución al sustituir el principio de que “cuando viene el toro, o te apartas tú o te aparta él” por el de “yo no me apartaré, haré que se aparte el toro” que rige desde entonces.

Pero la fase central de este proceso hay un torero que, a mi juicio, se sale del marco, Manuel Rodríguez “Manolete”, el hombre que –repito, es mi opinión de la que sé que algunos aficionados discreparán- inventó una tauromaquia para que muchos quisieron imitar sin que ninguno lograra acercarse…hasta que apareció José Tomás.

Una tauromaquia hecha, en buena parte a base de cosas que en teoría no se deben hacer, como ese torear de perfil que tanto se le ha criticado. Pero es que la personalidad pasa muchas veces por eso, y sabido es que todos los genios son transgresores.

Decía que “Manolete” se sale del cuadro de la evolución del toreo con una tauromaquia que `podríamos llamar “eterna”, porque opino que es el único gran maestro de la historia que podría volver hoy, ponerse a torear más o menos como lo hacía setenta y tantos años atrás y volver a ser el número uno como lo fue en su época; cosa que no puede decirse de “Lagartijo”, “Joselito” o de Belmonte, ni de otros maestros más cercanos como Domingo Ortega o Marcial Lalanda. Todos ellos, de volver a la vida serían de nuevo grandes figuras, pero adaptando su tauromaquia a las formas y sobre todo al toro actuales.

Esta opinión se basa en el hecho de que el toreo de “Manolete” estaba fundamentado en dos principios tan simples de plantear como dificilísimos de poner en práctica: la quietud y la verticalidad. Cuando un torero .permanece absolutamente quieto mientras el toro gira ceñido a su cintura como si un hilo invisible lo mantuviera cosido a la muleta sin llegar a tocarla porque el torero ha sabido domeñar su embestida –es lo que llamamos temple-, se produce la magia que pone al público de pie para gritar ¡olé! Y eso era así en tiempos de “Manolete”, lo es a hoy y lo será siempre.

Sólo una duda me asaltaba al desarrollar esta idea. ¿Podría ”Manolete” practicar su toreo con el toro actual, que se mueve mucho menos? 

La duda se disipó viendo torear a José Tomás, porque el maestro de Galapagar es capaz de hacer que el toro de hoy se desplace y se puedan ligar los pases –la cuarta condición del buen torero después de la conocida trilogía de parar, templar y mandar- sin más rectificación de su postura que el giro de los talones. De ahí que me permita afirmar –aún a sabiendas de que ilustres manoletistas no están demasiado de acuerdo- que José Tomás es “Manolete” puesto al día; lo que debe entenderse como un homenaje a ambos maestros, tanto al que para mí frustración no pude ver, como para el que me ha llevado al éxtasis como ningún otro de los que he conocido.

El "Monstruo" pudo morir en la Guerra Civil

Redacción

En este año en que se cumplen cien años del nacimiento de  Manuel Rodríguez “Manolete” y setenta de su muerte,, vamos a recordar una anécdota poco conocida de la biografía del maestro cordobés. Y es que una escuadrilla de aviones republicanos estuvo a punto de anticiparse en una década al toro Islero y acabar con la vida del que entonces era sólo “el hijo de Manolete” un prometedor novillero que como todos su coetáneos se batía en los frente de la Guerra Civil.

Cuando el 17 de julio de 1936 se produce un alzamiento militar en el Protectorado español de Marruecos, al que siguió un día después otro- en buena parte fallido- en la Península y que fue el inicio de una guerra civil de casi tres años; Manuel Rodríguez Sánchez es un joven de 19 años  que en su reemplazo normal ha quedado exento del Servicio Militar por estrecho de pecho, pero al que el estallido de conflicto fuerza finalmente a incorporarse a filas para quedar encuadrado, como batidor de segunda, en el Regimiento de Artillería número 1, con base en Córdoba.

Está a las órdenes del coronel Manuel Aguilar Galindo y del capitán José Gutiérrez Ozores, un gran aficionado a la Fiesta que siente especial simpatía por aquel joven novillero, hijo de “Manolete” y sobrino nieto de “Pepete”, y al que da todas las facilidades para torear siempre que el servicio lo permitía

El desarrollo de la Guerra llevó al Regimiento de Artillería de Córdoba a combatir en distintos frentes de Andalucía y Extremadura, y fue en tierras extremeñas donde ocurrieron los hechos que vamos a relatar

Marchaba el Regimiento de Artillería número 1, en fila de dos columnas hacia la población de Cabezas del Buey, cuando fue avistado por una escuadrilla de bombarderos republicanos, que de inmediato se lanzaron en picado sobre la formación enemiga haciendo fuego con sus ametralladoras.

El capitán Gutiérrez Ozores dio los consabidos gritos de ¡Dispersarse! ¡Cuerpo a tierra! y los soldados se lanzaron a la cuneta más cercana, mientras desde el cielo las ráfagas de ametralladora eran acompañadas con el lanzamiento de varias bombas que causaron numerosas bajas en la formación.

No sabemos a qué lado se arrojó “Manolete”, pero la suerte le acompañó ya que salió ileso de la comprometida situación, mientras que un compañero tumbado en la otra cuneta salto hecho pedazos.

El 28 de agosto de 1947, en la plaza de Linares, Islero fue más certero que los aviadores de la república; aunque si hay que dar por bueno el testimonio de Luis Miguel Dominguín,  el  Miura no tuvo más que girar la testuz, sobre la que “Manolete” se había volcado de forma poco menos que suicida.

Barcelona. La plaza talismán de Manolete

Por El Zubi en el blog  Larga Cordobesa (resumen actualizado)

He dicho en alguna ocasión en estas mismas páginas, que en este país la memoria histórica es frágil, olvidadiza y en muchas ocasiones ingrata con la mayoría de sus protagonistas. Es lo que ocurre con Manuel Rodríguez  Manolete y la Plaza de Toros Monumental de Barcelona, que fue un auténtico talismán de la buena suerte para el torero cordobés y el lugar donde más veces actuó del mundo: allí dio 70 espectáculos.

La historia y la vida de este país está plagada de ejemplos como los citados, pero me quiero circunscribir hoy solo al idilio y a la complicidad que hubo entre Manolete y la afición catalana de la Monumental de Barcelona. La primera vez que Manolete actuó en Barcelona fue en la Plaza de las Arenas, el 22 y el 24 de julio de 1933, formando parte del espectáculo de la banda-cómico-musical-taurina “Los Califas”. Manolete participó en la parte seria, junto al becerrista Juan Luis Ruiz, matando un becerro de la ganadería de Florentino Sotomayor, y “apuntando maneras de torero” según decía el cronista de El Noticiero Universal, José Mª Hernández. El empresario de la Plaza era Pedro Balañá Espinós y se dio cuenta de que en Manolete había algo nuevo y distinto a los demás toreros. Un estilo muy personal con aires de novedad. Lo cierto es que en esas actuaciones primeras el público catalán lo estimuló mucho con su apoyo, un preludio de su feliz encuentro con Barcelona. El mes de julio en que actuó por primera vez en Barcelona, fue siempre un buen mes para Manolete, un mes que siempre le dio muchas alegrías y compensaciones. En esas fechas por cierto y tras su actuación en Barcelona, Manolete se asoma a Francia y torea una nocturna en Arlés con la empresa Sauze. Según Manuel Quiroga Abarca, esta fue la primera vez que Manolete viste un traje de luces (José Luis de Córdoba cuenta sin embargo que la primera vez fue en Córdoba el sábado 12 de agosto de 1933). En Arlés actuó con una cuadrilla integrada por Rafael Morales “Piripi” y dos hermanos franceses apellidados Gárcene. Intervino más tarde en Nimes en otro festejo análogo, simulando en ambos la suerte de matar.

Tras su participación en la Guerra Civil y una vez tomada la alternativa en Sevilla el 17 de julio de 1939 de manos de Chicuelo, el 12 de octubre de ese año confirma en Madrid, actúa en Barcelona donde no toreaba desde su época en Los Califas. Esto ocurre un domingo a principios de octubre de ese año. Con cuatro toros de Atanasio Fernández y dos de Cobaleda. Obtuvo un rotundo triunfo y la Ciudad Condal se convirtió así desde entonces en la madrina espiritual del diestro de Córdoba, protectora de sus triunfales campañas. Desde entonces Manolete adoptó la Plaza de Barcelona como su plaza, la que le oxigenó, la que le da ánimos cada temporada, y a la afición barcelonesa como su favorita, ya que unánimemente era una incondicional del torero cordobés. Cada vez que iba a Barcelona estaba rodeado con un grupo de amigos catalanes que siempre le arroparon y le mostraron su admiración y cariño. Estoy hablando de Pepe Berard, representante en aquellos días de la firma González y Byass, Ernesto Oresanz (Tito Ernesto, para los amigos), el teniente coronel de Artillería con quien Manolete sirvió en la guerra, Santiago Barceló, el doctor Fernández Boado y el escritor taurino que más tarde escribiría su biografía, Manuel Quiroga Abarca. Barcelona pues se convirtió en un referente buscado cada temporada por el torero llegando actuar allí a lo largo de toda su carrera 70 veces. Muchas si tenemos en cuenta que en Valencia toreó 34, 26 en Madrid, 20 en Sevilla, 19 en Zaragoza, 18 en Bilbao y solo 13 en Córdoba su ciudad, una plaza con la que nunca llegó a entenderse, por decirlo de alguna manera. Fue en Barcelona, el 6 de junio de 1945, en la única plaza en que un público enardecido y rendido a sus pies, le pide que le den al torero “el toro entero”, para recompensar su extraordinaria actuación.

En Barcelona resultó cogido una sola vez, un puntazo en la espalda, el 22 de mayo de 1941, con toros de Domecq, alternando con Juanito Belmonte y “Gallito”. Manolete otorgó en esta Plaza cuatro alternativas: a Manuel Martín Vázquez (6 de julio de 1941), a Emiliano de la Casa “Morenito de Talavera” (el 14 de mayo de 1942), a Eugenio Fernández “Angelete” (el  13 de octubre de 1943) y a Rafael Llorente (el 30 de agosto de 1945).

En 1947, año en que resultó cogido de muerte en Linares, Manolete inició también en Barcelona su temporada, el 22 de junio, con toros de Fermín Bohórquez, y alternó aquel día con Juanito Belmonte y Rafael Boni. Cortó 2 orejas y un rabo. Repite el 6 de julio con toros de Urquijo y Escudero Calvo, junto a Gitanillo y el Andaluz, logrando cortar dos orejas. Barcelona fue siempre para él un referente de suerte y triunfos y sentía a la Monumental como su madrina de la suerte, pero pudo más el toro de Miura Islero en Linares. Como dato estadístico curioso baste apuntar que fue Pepe Luis Vázquez el torero que más veces alternó con Manolete 120 veces seguido de Juanito Belmonte que lo hizo en 112 ocasiones. Barcelona pues fue una de esas plazas que marcaron la carrera taurina del torero más grande que jamás ha existido. En la ruta taurina de Manolete podemos considerar que pudieran haber existido como diez etapas fundamentales. Son en orden cronológico: su primer éxito en Córdoba; los triunfos novilleriles en Sevilla; la alternativa y la confirmación; la presentación en Barcelona; los primeros éxitos madrileños; las 17 actuaciones barcelonesas de 1941; la Feria de julio en Valencia (1942); los cinco triunfos apoteósicos de 1944 en la Plaza de Madrid, que acaba en la corrida de la Asociación de la Prensa, y la Feria de abril sevillana de 1945 que culmina con sus actuaciones en Toledo y Barcelona. A través de estas 10 etapas Manolete tuvo una constancia tan enorme en el éxito y un despego tan absoluto al fracaso, que hizo posible un nuevo aforismo: él no hizo una lidia para cada toro, sino que de cualquier toro hizo su lidia. Fue un torero que hizo pasar por su muleta a casi todos los toros de todas las ganaderías, y en Barcelona fue además donde se acuño esa frase taurina que luego algunos aficionados de cada época han adoptado para ponderar al torero de su preferencias: “Hoy torea Manolete…y dos más”.