El minuto de Barcelona

El domingo, la Cataluña taurina estará en Beziers

Manuel Salmerón (21-05-2018)

Si la semana pasada comentamos el festival que se celebrara el próximo domingo en Beziers, en el programa de hoy les ampliamos la información del festejo que se programa anualmente en la bonita ciudad amiga por el club taurino El Mundillo. Este año se organiza a doble jornada, por la mañana habrá un tentadero público con becerras de Robert Margé, dirigido por el maestro Richard Millan y contará con la participación de alumnos de escuelas Rhone afición, Beziers, D'adour afición y Nimes/Cataluña.

A las tres y media de la tarde, tendrá lugar  el gran festival en homenaje a las arenes de Barcelona, la cerrada para lo taurino Monumental, primero por los políticos y en la actualidad por sus propietarios la familia Balañá. El cartel, con toros de Gallon estará formado por los maestros Serafín Marín, Medhi Savalli, Jeremy Benti y Cayetano Ortiz, entre los novilleros estarán, Carlos Olsina, Maxime Solera y el alumno de la Escuela de Tauromaquia Nimes/Cataluña Manuel de Reyes, con novillos de los hierros franceses de Scarmandre y Blohors.

Muchos son los aficionados catalanes que acudirán a Beziers para presenciar la actuación de sus toreros, Serafín, como máximo representante del toreo actual en Cataluña, también el francés, Maxime Solera, que fue alumno de la Escuela Nimes/Cataluña y con residencia actualmente en Barcelona, y Manuel de Reyes, ilusionante y único novillero sin picadores en Cataluña. Los demás compañeros de cartel seguro querrán triunfar en tan importante coso de primera, como es el de  la vecina y amiga ciudad de Beziers. Suerte para todos.

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A porta gayola

LOS DOS CAMINOS QUE LLEVAN A LA EMOCIÓN

JM Alarcón (14-05-2018)

Se dice y es una gran verdad, que a los toros no vamos a divertirnos, vamos a emocionarnos, y por eso una de las mayores críticas que hacen no pocos aficionados es que las corridas han perdido emoción.

Más allá de que esta afirmación responda al discutible principio de que todo tiempo pasado fue mejor, y que a la misma se pueda responder que eso ya lo decían nuestros abuelos y todavía estamos aquí; tal vez fuera bueno reflexionar sobre donde está realmente la emoción o donde hay que buscarla.

En mi opinión, en el toreo la emoción viene por dos caminos, el de la admiración por la persona, por lo general un hombre, que se juega la vida delante de un toro, y el de la belleza estética que generan un conjunto de pases dibujados con quietud, temple y cercanía a los pitones. Planteado así, podía decirse que el primero de esos caminos lo proporciona el toro con su forma de embestir y el segundo viene de la mano del torero con su manera de manejar las telas.

Pero antes habría que establecer qué entendemos por emoción, porque si la vemos como algo ligado al riesgo, ese siempre está ahí, y si unos toros lo hacen más visible que otros es más una mera impresión que una constatación cierta, ya que todo aficionado sabe el toro con menos presencia o de embestida más pastueña puede herir al torero y que, de hecho, un noventa y tantos por ciento de las cogidas son consecuencia de un error del hombre, error del que no están exentos ni siquiera los más grandes. Que toreros como “Joselito” o “Manolete” murieran de una cornada es la mejor prueba de ello.

O sea que la falta de emoción no obedece a que no haya riesgo, sino a que éste no se percibe desde el tendido, y puede que la culpa la tengan los toreros que “saben demasiado”, esos que les tapan los defectos a los toros y hacen que hasta parezca bueno uno que no lo es y que lancearlo sea la cosa más fácil del mundo.

No es nada nuevo, ya Luis Miguel Dominguín explicaba que cuando notable al público muy frío, dejaba que el toro le diera una voltereta y así metía a toda la plaza en la faena. Sí de esto hace medio siglo, mucho más verdad será ahora cuando, diga lo que diga Morante, se torea mejor que nunca, al menos en lo que a técnica se refiere. No les es fácil a los maestros de hoy crear emoción por el camino del ¡ay! y tienen que hacerlo por el del ¡olé!, aun a riesgo de hacerlo tan bonito, que  parezca que ese toro se torea solo.

Pero hay una emoción que entiendo que el aficionado debe saber ver y paladear. ¿O no es emocionante que un figurón como “El Juli”, que nada tiene ya que demostrar, siga arrimándose como un león cada tarde como si necesitara el dinero del próximo contrato?

¿O no es para emocionarse que Fortes, que sin haber cumplido los treinta y ya ha vuelto a nacer dos veces, siga asustando al miedo como si no conociera de sobra el olor del cloroformo?

Son dos ejemplos diametralmente opuestos de cómo despertar ese íntimo e indefinible sentimiento que llamamos emoción.

Luego hay otra, la que producen, por ejemplo, una verónica de Morante o un natural de José Tomás.

La emoción, eso creo, siempre está ahí; sólo es cuestión de saber buscarla.